7/8/11

En la cima

No sé cómo, pude llegar hacia el pequeño bosque que coronaba la cumbre de aquella montaña. Había determinado no mirar atrás. Ni hacia abajo, por supuesto. La mayoría de accidentes en la montaña, además de por no tener un mínimo conocimiento de espeleología y alpinismo o por no saber llevar y utilizar el material de forma adecuada, suceden por repetir siempre los mismos vicios y uno de ellos es el mirar hacia abajo cuando la vereda que se está recorriendo no tiene ninguna seguridad. Como ocurre, más o menos, en el famoso "Caminito del Rey". 
No vi la luz. El cielo estaba nublado con cúmulos de color blanco y gris. No daba paso ni a un fragmento de azul limpio y de esperanza. Creo que, por momentos, se iba cubriendo cada vez más de nubes y de tormentas.  Pero al pasar entre los árboles, me vi ante un camino de cabreros que tenía una valla de madera, la cual, a duras penas, se mantenía en pie. Tuve el deseo y el temor - todo unido - de tirarme abajo. La distancia desde la cumbre hacia la base era considerable: por lo menos novecientos o mil metros. En el pie. una playa larga, enorme, con un mar tranquilo y blanquecino y gente paseando por la arena. El camino comenzaba a descender. Se había tallado sobre una antigua cantera. Por tal razón, aquel lado de la montaña era completamente recto y daba la sensación de que se podía planear y llegar a caer al mar. 
Pero suelo huir de este tipo de bajadas. No me gustan. Aún así alguien me animaba a bajar por aquel camino. Accedi a recorrer unos pocos metros y a alejarme del bosquecillo. La agorafobia se ponía en marcha: cielo abierto sobre el mar, cielo abierto sobre la cumbre y ni una posibilidad de tener algo por encima de mi cabeza aunque fuera un peñasco. 
No quedó otra que hacer de tripas corazón y comenzar a bajar. Una horrible sensación de que alguien me empujaría por detrás para matarme comenzó a abrirse paso en el cerebro  y en el corazón. Pero también es fácil evitarlo y provocar un susto al agresor.

Iniciemos el descenso. Quién sabe...






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