13/7/11

Tchaikovsky, Power and Passion

Cuán agradable es sentir la tibieza de los rayos del sol a pesar de que se dice que contienen más  calor que el propio núcleo. Salir en los días de otoño e invierno o en las mañanitas de verano y sentir cómo caracolea en la piel su pequeño rastro. Es un sol inconfundible, suave, delicado aunque en sus horas de máximo apogeo parezca insolentemente fuerte. 
Qué maravilla verlo volver y qué alegría disfrutar de su brillo y esplendor. Sin el sol, como fuente de vida, todo se moriría, todo bajo el peso gris de las nubes tormentosas.
Mi sol ha venido a traerme rayos dorados y a recordarme que mis lágrimas taparon todas las estrellas menos aquella azul que fue su regalo y una que siguió dando ambiente y calor a pesar de permanecer oculta tras la tormenta, no dejó de dar su cariño y su apoyo. Esa una es él que no dejó de estar ahí a pesar de los pesares.
Mi sol magnífico. Mi dador de vida, mi suerte en los lances, mi principio y mi fin. Gracias, por existir.





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