24/6/11

Un sol menor...

Dudaba en poner al blog primitivo un nombre adecuado. No me decidía entre "Adagio" (está cogido), "Largo" (recordando al "verano" de Vivaldi) o "Sol menor". G minor. Estaban todos los nombres ocupados así que tuve que hacer uso de un poco de egocentrismo para poder darle seriedad  y le coloqué una coletilla.
Ahora, quizás no sea ni necesario ponerle un nombre. 
Debería eliminar el mío, incluso, y dejar el  de "Sol menor" o "G Minor", la escala que pertenece a un astro que da vida y significado a este blog. 
Si no fuera por ese sol, nada de lo que hay aquí escrito tendría motivo de ser. Ese sol que vuela entre las notas de Vivaldi, Bach o Haendel me da, a cada minuto, la vida, me enseña caminos que siguen trayectos invisibles, me descubre aromas que sólo pueden saborearse en momentos indeterminados y acepciones ocultas bajo pequeñas flores silvestres que sólo un observador exigente puede encontrar.
Es un sol tierno, generoso y adorable, suave, cariñoso cuando los violines de Vivaldi rasgan sus vestiduras. Entra de un modo sencillo, amable y educado en mis sentidos cuando me muestra sus impresiones e introduce en mis neuronas un poco de cordura. Es un sol con un brillo especial, un calor sincero, una simpatía inteligente y un corazón más grande que su propia órbita.
Escuchar sus frecuencias, sentir sus vibraciones me emociona. Desde su escala sabe deslizarse, sin que me dé cuenta, con un solo roce de sus yemas en mi piel,  entre mis venas y reconoce todo lo que hay dentro de mí, incluso los rincones que yo misma desconozco.
Dirige mis miradas, educa mi oído, sabe sublimar cualquier momento triste y enternecer cualquier aspecto negativo. Sabe recoger las cosechas perdidas y dar vida  a lo que puede estar muerto u olvidado con un pequeño toque de galantería y buena educación.
Su estilo es inconfundible y sus colores penetran como una caricia en los ojos que le observan. Es trabajador, equilibrado, sensible, meticuloso, detallista, a veces algo irónico y deliciosamente sarcástico en esa manera tan suya de vernos a quienes destrozamos el pequeño planeta azul que cuida con tanta delicadeza.
Una vez me regaló una estrella azul. Y mi corazón voló junto a él. 
Desde entonces el planeta gira para mí de otra manera. No entiendo mis miradas sin la luz de este sol en sus modos mayor o menor ni mis amaneceres sin su presencia. Los crepúsculos brillan con su despedida y la noche se hace cruenta porque está ausente. 
Pero cada día, la presencia de su luz alienta y da motivo para poder seguir caminando. 
Y es que los egipcios lo divinizaron porque ya sintieron lo importante de su presencia. 
Bien es cierto que todo esto, sin él, no tiene sentido.





No hay comentarios:

Publicar un comentario

Sé tú.

Contenidos relacionados

Contenidos relacionados